martes, 24 de noviembre de 2009

Mentol, miel y chícharos rotos


Yanimia se levantó, la mañana olía a mentol con clavo de olor y flor de naranja, bajó por las escaleras, siempre con la preocupación de no bajar de más y perderse. Hacía tiempo que no movía los pies, solo bajaba. Sus escaleras parecían nunca terminar, dio la vuelta en la estatua del comandante Estenio y por fin llegó a la cocina, comenzó a lavar platos.

La quimera llegó a la casa, estaba cansada y le dolían los pies de tanta escuela, comió un par de chocolates de anís y subió a su cuarto, el más grande y largo de la casa, con olor a rosas de viento.

Yanimia lavaba platos.

Rumonto abrió la puerta, el trabajo le daba nauseas; besó los labios sabor miel de su esposa Yanimia y comenzó a devorar el periódico del día, que por cierto sabía un poco rancio.

Yanimia lavaba platos.

El tiempo pasó, su vida continuó y Yanimia lavaba platos, no comía, no bebía, no iba al baño, solo lavaba platos, hasta que una noche, con sabor a carne de cerdo; pereció en lo más profundo de la tarja, entre migajas de pan y al lado de un tenedor.

La quimera bajó las escaleras a la mañana siguiente, rebotó con el último escalón acarició al gato y escuchó el olor de los platos lavándose. Abrió la puerta y se fue a la escuela en su vochito morado.

Rumonto llegó del trabajo y vio los platos lavándose con su pobre esposa tirada en lo más profundo de la tarja amarilla con cemento, la roció con un poco de espuma rosa de la esponja y Yanimia abrió los ojos, la besó y comenzó a devorar el periódico del día.

Yanimia lavaba platos.

La quimera regresó de la escuela y comenzó a jugar con el ratogato del vecino. Comió lechuga en vinagre y subió a su cuarto, el más grande y largo de la casa.

Yanimia lavaba platos.

El trol que vivía en el hongo de enfrente tocó la puerta y Rumonto salió con él, estuvieron afuera toda la tarde. Cuando regresó se escuchó el sonido de un beso de despedida, acompañado del dolor de un amante con el corazón roto. Esa noche el cielo lloró agua gris.

Yanimia lavaba platos.

La quimera se sentía mal, le dolía la panza por lo que bajó las escaleras mientras pensaba en donde había dejado el té de chícharo roto, continuó bajando y bajando, cuando se dio cuenta ya estaba perdido. Llegó a un cuarto con una sola puerta, la abrió y salió; las nubes verdes revoloteaban a su alrededor, no sabía dónde se encontraba, vio una cama a su lado, se acostó y se quedó dormido.

Yanimia lavaba platos.

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